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viernes, 13 de febrero de 2009

HACIA UNA ECONOMÍA HUMANISTA

Por: Luis Iberico Núñez
Director Nacional de Alianza pora el Progreso APP
Responsable Político de Lima

El entusiasmo de quienes comentan acerca de la economía nacional es contagioso. Cuando el mundo tiembla por los oscuros horizontes que muestra la crisis del capitalismo especulativo, decir que en el Perú las cosas no van a estar del todo mal cae como chorro de agua fresca en pleno verano.

Que Dios les conceda la razón a quienes ven con entusiasmo matemático el devenir de la macroeconomía nacional. Nadie quiere que aumenten los despidos y cierren más empresas, ni recesiones como las que se experimentan en otros confines del planeta.

Si vamos a un 5% de crecimiento, en hora buena. Si la baja en el precio de los metales y la caída en la agro exportación se verán compensadas por el auge constructor y las grandes obras de infraestructura, nuestras bendiciones.

Todos deseamos pasar el bache global sin destrozar la suspensión de nuestra economía. Pero si hay algo que debemos evaluar en medio de la peor crisis financiera desde la segunda guerra mundial, es el llamado “modelo económico” que venimos siguiendo en el país a partir de la aplicación del consenso de Washington y las recetas del FMI.

Esto no significa, en modo alguno, volver la mirada hacia las pasadas experiencias estatistas, proteccionistas y cepalianas que causaron estragos profundos en nuestra economía. Estragos que recordamos muy bien los de mi generación, que pasó por la crisis de los desabastecimientos, las colas, las hiperinflaciones, los “Inti-millones”, los ficticios aumentos de sueldo vía decreto, los cortes de luz y agua, las amanecidas para comprar kerosene o gasolina, entre demás penurias que provocaron las grandes olas migratorias de peruanos hacia los países capitalistas.

Buscar esos modelos desfasados es no haber aprendido de nuestra historia. Por el contrario, hay que mirar hacia delante, y en esa óptica está la propuesta de nuestro partido. El humanismo es nuestra doctrina, y consagra al ser humano como el fin supremo de la sociedad, el Estado y –por ende- la economía.

El crecimiento macroeconómico que parece ser visto como un fin en sí mismo, para nosotros es un medio que debe perseguir finalidades más sublimes: el bienestar de la persona humana, el progreso de la familia o –como lo dice con profunda sencillez nuestro presidente César Acuña- la felicidad.

APP propugna como uno de sus cuatro ejes de gobierno el “desarrollo económico sustentado en el conocimiento”. Es decir, valorar al ser humano como verdadero artífice e indicador de desarrollo, a través de una formación moral, pedagógica, tecnológica y científica que lo haga competitivo y autosuficiente.
Como lo dice en su columna nuestro amigo Carlos Valencia, no existen países desarrollados sino personas desarrolladas. No podemos decir que el Perú desarrolla si la mitad de su pueblo vive en la pobreza, y no se le dan las herramientas para salir de ella porque la educación sigue estando en el patio trasero de las prioridades del estado.

Un estado humanista ve el desarrollo en la persona, y no sólo en el índice del PBI. Prioriza el gasto en la educación, en la salud y la seguridad alimentaria. Invierte sus recursos en el capital humano, y prepara a sus ciudadanos para enfrentar con éxito la globalización y la apertura comercial mundial.

Rechaza el capitalismo especulativo y fomenta el capitalismo productivo, donde el hombre es el principio y el fin del Estado y no puede ser abandonado a su suerte dentro de los vaivenes del libre mercado.

Por eso, no nos contagiemos facilistamente con el entusiasmo de un buen PBI. Con pobreza no hay desarrollo.